martes, 24 de mayo de 2016

El Cuadro

Por María Guillermina Volonté


Cada vez que pasa frente al cuadro, desvía la mirada. Jamás lo mira. Y eso que el cuadro está en el lugar más destacado del comedor, imposible no verlo…
Pero Antonia, con sus diez años recién cumplidos, parece ignorarlo.
Desde el marco la mira un señor, de edad indefinida, semblante adusto, ojos negros intensos con mirada de lince, que parece sonreír, pero esa sonrisa se asemeja más a una mueca cínica que a una sonrisa.
Es su abuelo.
Antonia no termina de entender por qué no lo puede mirar, le aterra ese señor, siente miedo que reviva, salga del cuadro y la llame con esa voz insistente, engañosa, susurrante, que es lo único que recuerda de él.
Antonia no tiene memoria de sus vivencias anteriores. A los siete años todo quedó en una nebulosa y no le interesa recordar, ya que en su interior sabe que le haría muy mal.
¡Pero ese cuadro! ¿Por qué le produce esos sentimientos?
Más de una vez le pidió tímidamente a su madre que lo saque, pero ella siempre respondió lo mismo: “Es el único recuerdo que tengo de mi padre”.
A veces lo sueña y lo ve en la semioscuridad del amanecer llamándola, sólo llamándola, con esa voz insistente, engañosa, susurrante.
Y se hace una promesa: Cuando sea grande y pueda decidir por sí misma, descolgará el cuadro y cuando lo tenga entre sus manos, lo dejará caer para que se convierta en pequeños trozos imposibles de recomponer… como su niñez…

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